Hypérion
Le monde est plein de fous, et qui n'en veut point voir doit s'enfermer tout seul et casser son miroir
Sottises de la semaine, Séguier Frères, 1790
Textes / Essais
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Via Napster, dos lógicas se oponen: el mercado y la repartición


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"El asunto Napster" puede interpretarse como uno de los relatos fundacionales de una nueva situación de la dominación y de la repartición. Efectivamente, más allá de la cuestión económica y financiera que ha movilizado a los actores de las industrias musicales, más allá de las recientes peripecias jurídicas, el asunto suscita una serie de planteamientos de fondo en cuanto a las formas contradictorias de la mundialización en acto en la escena internacional.

El asunto enfrenta entonces dos concepciones normativas de "la mundialización". Por una parte, una concepción privativa, mercadera, cuyo criterio es maximizar las ganancias de los que se sirven de sus vías y medios. Por otra parte, una aprehensión pública de la mundialización, no lucrativa y a la que determina la inquietud por maximizar la repartición social, cultural, educativa, sea ésta de tipo comunitario o sobrepase las fronteras de la comunidades. Son dos concepciones con sus variantes y ambigüedades, que apuntan también, sea al trasluz, a dos actores distintos de "la mundialización".

El primero es un actor mercadero (productores, difusores, consumidores…) que surge y se mantiene en un horizonte de reparto de las ganancias (económicas, intelectuales, artísticas…) y cuya única medida común queda siendo el dinero (que "iguala los intercambios") y el valor atribuido a los "contenidos cambiados". Recordemos a Aristóteles en el Libro V de la Etica Nicomaquea: "la moneda (es) como una medida que iguala todas las cosas, haciéndolas conmensurables. No habría asociación si no hubiera intercambio, ni intercambio si no hubiera igualdad, ni igualdad si no hubiera conmensurabilidad (facultad de disponer de una medida común" (1). Pero la “comunidad de intereses” que relaciona al vendedor y al adquiriente mediante el dinero, corre peligro en cuanto los unos venden sin mucha preocupación por el dinero que reciben en contrapartida y los otros compran productos cuya suma ya no tiene una relación razonable con sus intereses. Entonces la desconfianza aparece en las relaciones civiles, la instabilidad se expande…

El segundo actor de la mundialización es un actor público no mercadero cuyo criterio parece ser el intercambio en sí mismo (lo que no deja de ser problemático a nivel filosófico y jurídico): intercambio de informaciones, saberes, obras, técnicas, redes, direcciones y facilidad para los "NTIC", mediums de comunicación de reducidas "barreras a la entrada". Intercambio entre "iguales" que no necesitarían ser “igualados” a través del dinero. Y, más allá de la satisfacción individual de los que reciben y dan, el objetivo que ambiciona el intercambio es el desarrollo a escala mundial del dicho proceso de intercambio, viniendo de tal manera a confundirse el interés privado con el "interés general": entrar en Napster y tener acceso a 50 o 60 millones de discotecas privadas más que a una decena de amigos.

Evocando esta línea de fractura, antes de todo señalaré que los consumidores mundializados se muestran bastante veleidosos e irresponsables ante las preguntas que se les plantean y las oportunidades que se les presentan. En el caso de Napster y en cuanto se terminó el software experimental de Shawn Fanning, sus amigos y los amigos de sus amigos se apresuraron en difundirlo, a pesar de las reservas del conceptor. Y no de otro modo, en cuanto se anunció el acuerdo del otoño del 2000 con Bertelsmann, muchos fueron los que repentinamente le volvieron la espalda a su sitio favorito mandándole injurias. De ahí dos preguntas. La primera: esos consumidores siempre listos tanto para quejarse de “la mundialización” (caudal de explicaciones) como para aprovecharse de ella, pero nunca o muy poco para pensarla, ¿realmente se merecen otra cosa que el sufrimiento de las diversas formas de la dominación (cultural, lingüística, política, financiera) que favorece la mundialización? La segunda: y entonces ¿qué sentido tiene este modo comunitarista de experimentación de la “repartición” que se funda en un rapto original? ¿Se precisa convocar a Rousseau y a Proudhon para explicar el por qué?

Luego subrayaré las contradicciones con las que se topó, en el asunto Napster, el mundo organizado de sociedades de autores, de editores musicales y fonográficos y en especial de Major companies. Pues sentar en el banquillo de los acusados a Napster, acusándolo de que "no es nada más que un instrumento de piratería a gran escala" como lo ha hecho la asociación de la industria musical americana a finales de 1999, es una postura antediluviana a la cual Diana Cabell del Berkman Center contestó hace poco: “todavía quedarán por definirse las relaciones entre el internet y el mundo de la musica. La gente no va a dejar de copiar musica en el Web por una decisión de la justicia”. Efectivamente, me parece claro que la mundialización del “copillaje” es ya intrínseca a la situación actual y que pretender detenerla por decisiones de justicia o reglamentos administrativos es una causa perdida de antemano y además bastante lamentable. De ahí otras preguntas que se dirigen a todas las organizaciones que privilegian una postura a la defensiva acerca de la presente problemática editorial. 1 ¿Creen ustedes poder atajar durante tiempo la creciente marea del reparto de ideas y de obras con sus cubos llenos de derechos de autores? 2 Tal vez el modelo económico-jurídico de dominación en el cual se fundan sus sociedades comerciales y su perennidad ya esté sencillamente muerto (a falta de estar sepultado). ¿No sería tiempo ya de sacar todas las conclusiones otras extra-jurídicas? 3 Nuevas formas de producción, de difusión y de intercambio no privativas constituyen la respuesta más poderosa a la extremada concentración de la oferta de "productos culturales" a la que ustedes llevan decenios contribuyendo, y son susceptibles de adelantarse a sus actividades. ¿No sería también el momento de empezar con sus promotores un diálogo que no se reduzca a asaltos de argumentos jurídico-financieros totalmente vanos y superados?

Finalmente, considenrando su vacilación o incluso mutismo acerca del asunto Napster (cf. la temporización de las autoridades federales norteamericanas), preguntaré algo más: ¿qué podemos esperar de los Estados en el contexto de mundializaciones que trastocan las relaciones normativas entre los detentadores de derechos intelectuales y artísticos, los difusores de obras, sus clientes, y todos los que no pueden serlo? Cuando ellos mismos se hallan confrontados a problemáticas análogas (dominación y repartición dentro de la Unión Europea y de la OMC, por ejemplo), ¿podemos y debemos todavía esperar un arbitraje del Estado (o incluso de instituciones multilaterales) entre los intereses privados de productores, difusores, consumidores, y las aspiraciones de repartición y intercambio no mercaderos de los individuos? Cuando a la legitimidad y al papel de los Estados los pone en en tela de juicio la mundialización, acerca de la cual pretenden que no tendrían ningun asidero, ¿hay que esperar de estos Estados que indiquen donde tiene que pararse la dominación y donde tiene que empezar la repartición?

A falta de esto, hay que sacar la siguiente conclusión: que nuestras prioridades reclaman su modificación! Y que la primera de ellas, muy inactual e incluso intempestiva, es ahora redefinir, mediante un debate intelectual e internacional, conceptos de dominación y reparción que permitan reevaluar criticamente los distintos procesos de mundialización en acto.

Desde este punto de vista, la conclusión provisional del episodio Napster y el comienzo de la telenovela Courtney Love, que ha tomado el partido de Napster y ahora reclama una refundición de las contratos standards de autores musicales acometiendo a su label Universal, designan el ámbito de las industrias culturales como terreno de experimentación privilegiado para este eate gran debate, ya ineludible. No es un azar: desde siempre, las artes y la cultura, bajo sus diversas formas y especies, son a la vez el medium de repartición privilegiado de los hombres y objeto de intentos (a menudo "exitosos") de privatización. Esto a lo que asistimos con la mundialización cada vez más privativa de las industrias culturales a obra de los Majors y la contestación multiforme que genera no es pues sino un episodio de una larga lucha histórica. Lo que nos plantea el momento que vivimos, es imaginar el estado que seguirá al de la concentración extrema. Después de la tiranía, ¿la democracia? Y si así es, ¿qué forma de democracia?

(1) Versión A. Gómez Robledo, UNAM.
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