Hypérion
Le monde est plein de fous, et qui n'en veut point voir doit s'enfermer tout seul et casser son miroir
Sottises de la semaine, Séguier Frères, 1790
Textes / Articles
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¿Nada nuevo bajo el sol negro de « la mundialización » ?


« La mundialización » domina la escéna actual bajo esa forma exclusiva (sugerida por el artículo definido) porque se ha convertido en el objeto de una doble privatización. Por un lado , de la privatización de la economía real por aquellos que utilizan los medios que ella procura con el fin de extender la dominación de sus intereses privados ; por otro lado, privatización intelectual operada por aquellos que creen apropiarse el sentido para glorificarla (sus « partidarios ») o para denunciarla (sus « adversarios »). Bajo ésta estela, el artículo de Alexandre Adler publicado en Le Monde del 23 de noviembre de 2000, titulado Hacia la mundialización desgraciada, establece una nueva forma de privatización histórica de « la mundialización ». Alexandre Adler se libra a un ejercicio ambiguo que no puede ser ignorado, en tanto que los encubrimientos que pone en juego son importantes.

Que las cosas sean claras : No se trata acá de la deconstrucción fácil de una tribuna que, bajo los adornos sabios y pertinentes, se revela simplista. Se trata solamente de señalar : ese texto da las apariencias de objetividad analítica, de distanciamiento de la ideología, incluso de un modo científico –pero no satisface ninguno de esos criterios. Se tarta enseguida de notar que si la historia, en tanto que disciplina, tiene un rol mayor en el estudio de las mundializaciones en curso y pasadas, al lado de otras ciencias humanas y sociales, no sería un nuevo instrumento de privatización de la cuestión, como lo fue ampliamente la economía. Se trata en fin, de decir que hoy , después de años de debate que ha producido más interrogantes que aperturas decisivas, a pesar de su invasión del espacio mediático, la urgencia es sobre todo de deshacerse de toda reducción del objeto mundialización, y de promover por el contrario su puesta en perspectiva plural, de tal suerte que vuelva a ser lo que nunca ha dejado de ser : el asunto de todos y no de un pequeño número.
¿Pero, qué hace entonces Alexandre Adler en su tribuna ? Erige un fresco a la Malraux de lo que fue « un decenio de mundialización más o menos afortunada » que nos dejaría « inseguros de su balance real » . Fresco al que convoca un número de imágenes emblemáticas o desconocidas (de Eisenhower a Clinton, de Andropov a Tsiouganov, de Hosokawa a Ishihara, de Mossadegh a Khatami, de Alexandre Kojève a Raymond Aron), y que organiza alrededor de una analogía central el escenario de la segunda mitad del Siglo XIX : en primer lugar, de 1845 a 1872, « una ola de revolución política democrática luego de desarrollo industrial acelerado » , que representa « el epogeo del liberalismo europeo », después, de 1872 a 1896, « un período de larga depresión de la economía mundial », contemporánea a una fase de mundialización a menudo comparada con la presente, y que va a acarrear un retroceso de las ideas liberales, juzgadas responsables de sus efectos negativos. Es ésta una analogía familiar a aquellos que se interesan de cerca por « la mundialización », cuya utilización sería aceptable si Alexandre Adler no fuera a forzarla a esta reducción estruendosa : «Lo que las violencias agitadoras de los iluminados de Seattle y de Praga revelan como un síntoma creciente, es la puesta en marcha a escala planetaria de un frente antimundialista que recuerda raya a raya el frente antiliberal de la Revolución conservadora nacida de la crisis europea de los años 1872-1896. »
Se lo digo con disgusto a Alexandre Adler : no necesitamos de esas categorías usadas según las cuales el pasado estaría en medida de explicar todo lo del presente. No necesitamos una « historia » de esas. Una historia que, aunque « seductora », no hace más que alejarnos del objeto en cuestión en lugar de acercarnos. Una historia que ocurre ahí, en un escenario de por sí impregnada de confusión, para descalificar los adversarios supuestamente ignorantes : esos pobres « iluminados comunitaristas » o ese « mundialismo ideológicamente debilucho de la era Clinton » (sic). Una historia ideológicamente refabricada con un objetivo queno es confesado, y en un modo que no es envidiable con las ideologías que denuncia. Una historia que no es elaborada para aclarar al lector, sino solamente para convencerlo de cual es la luz en el crepúsculo de ideas.
¿De qué tenemos, entonces, necesidad y porqué ? Las mundializaciones son un asunto suficietemente complejo y comprometedor como para forzarlo a renunciar a todo simplismo concerniente. Estamos, por cierto, confrontados a una « ola de mundialización » que no está desvinculada de la que reventó hace más de un siglo, pero que no es por tanto explicitada en sus diferentes dimensiones y ambigüidades por esa única historia anterior, y que es preferible resituar en una tradición más antigua y rica : todas esas mundializaciones exitosas o avortadas sucedidas en « la Historia » -mundializaciones neolítica, greco-romana, hispano portuguesa, anglo-holandesa, entre otras. Pues lo que importa hoy, es saber si la ola actual de mundialización modifica profundamente la posición internacional de la dominación y la repartición, como pudieron haberlo hecho las mundializaciones hispano-portuguesas y anglo-holandesas, o si ésta no es más que un avatar (en el sentido original) del capitalismo moderno. Asunto sobre el cual no podemos ser tan perentorios como Alexandre Alder en su fresco, donde endosa el papel de malo al « frente antimundialista ».
En realidad, el leitmotiv contemporáneo de « la mundialización » es precisamente una « oportunidad histórica » para no desaprovechar, para rehacer de la cuestión de la dominación y de la repartición –bien sean políticos, económicos, sociales, culturales, educativos o religiosos-, un objeto de pensamiento, en lugar y espacio de un afrontamiento ideológico que se reduce siempre a la lid de morales moralisantes. Pues, « gracias a la mundialización », nos vemos forzados, desde un cierto punto de vista, a constatar que ésta cuestión de la dominación a proposito de la cual creemos haberlo todo elucidado, esta cuestión que parece haber agotado sus encantos en la doble década 1960 a 1980, aparece en la cruz del presente iluminada por un nuevo día, y , al menos, exige ser revaluada en la medida de una larga tradición dentro de sus figuras actuales.
Dentro de éste punto de vista, es el momento perfecto para acordar una dignidad filosófica al concepto de mundialización, que, si ha sido instrumentalizado por los ideólogos "neo-liberales" y sus opositores, hasta el punto de no aparecer más que como un concepto enteramente vacío, o una simple máquina de guerra, no tiene menos que la virtud de recoger las principales tensiones en acción, presentes dentro de la escéna geopolítica. Pues, lo que dice y recalca mundilización, lo que explica que las cuestiones de identidades, de "repliegue identitario",de "la perdida de las viejas identidades" y de sus "nuevas formas" sean tan candentes hoy, es que las mundializaciones engendran un trastorno del orden de la dominación y de la repartición que cada quien percibe intuitivamente que bien podría no dejar intacta ninguna figura familiar de nuestro paisaje, incluso ninguna de nuestras identidades que eran nuestros ejes amigos o enemigos, y que juegan un papel esencial en nuestra estructuración como sujetos. Sujetos de un destino que no hace mucho parecía relativamente dominado en un mundo lo suficientemente conocido, mientras que todo parece escaparnos en lo sucesivo de este mundo del año 2000 que se hunde en lo extraño en la medida de la inmediatez convertida en su principal modo de acción
En realidad, "la mundialización" no hubiera tomado la importancia exasperante de un debate hipertrofiado si, más allá de las amenazas (o virtudes, tanto verdaderas como imaginarias, económicas, sociales,políticas, culturales) que se le quieren atribuir, no anticipamos (de manera más o menos racional) que es la base de la dominación y la repartición la que ésta modifica o es susceptible de modificar (y, de hecho, de manera tan "histórica" como el advenimiento de la Imprenta o de la Primera revolución industrial). Y, sin embargo los problemas a los que nos lanzamos, y sobre los cuales pensamos tener dominio, incluso con dificultad (esos famosos problemas mobilizadores, a justo título: -la repartición internacional de las riquezas; la difusión de las prácticas democráticas; la elaboración de soluciones durables a los conflictos nacionales, religiosos, étnicos; la progresión de la cultura de la paz, etc.), esos problemas no pueden más seguir siendo puestos en los términos de hace diez o veinte años. Ello, en primer lugar: porque similares problemáticas fueron ellas mismas "mundializadas" ante un número aun más considerable de ciudadanos de todos los países que se las apropiaron adaptandolas a sus conceptos y a su entorno, de tal suerte que no pueden seguir siendo la propiedad privada de ninguna oligarquía, sea esta "progresista" y animada por las mejores intenciones!
En todo caso, proclamar: "¡Nada nuevo bajo el sol negro de la mundialización!" – equivaldría a pretender que el debáte presente esté desprovisto de riqueza y que no opusiera, en definitiva, más que a ignorantes e hipócritas. "La mundialización" no podría ser en sí ni "afornunada" ni "desafortunada" como lo considera Alexandre Adler – en primer lugar porque no es sujeto. La fortuna o la infortunia de la que se trata, no puede ser otra que la de los hombres. Dejémoles entonces el derecho de calificarla a su manera, allá donde viven y a su manera, sus experiencias "afortunadas"," desafortunadas" o radicalmente diferentes de los fenómenos que sufren o que dominan... Para que "la mundialización" cese de ser percibida como una amenaza y una trampa para la mayoría de los ciudadanos del mundo, hay que abandonar el dicurso condescendiente de los oligarcas "expertos" que siempre saben alabar la belleza incontornable... De hecho, toda forma de privatización intelectual, política económica, histórica, u otra, de esta cuestión asignada a cada uno es una forma de otorgar la razón a aquellos que ven de entrada en ella "la amenaza" (inmediata y palpable) en lugar de "la oportunidad " (hipotética y lejana). Comencemos entonces por abrir la cuestión de las mundializaciones en curso y de sus historias (en lugar de cerrar la página) y escuchemos a todos los que tienen para atestiguar sobre las formas de dominación y de repartición que experimentan en la cotidianidad de éste "nuevo mundo".
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